Córdoba – Ciudad cantada por poetas y ambicionada por reyes
En Córdoba está la tercera mayor mezquita del mundo después de la Meca y Casablanca, fue mandada construir por el primer califa omeya de Al-Andalus, Abd-al-Rahman I, en el siglo VIII, para seguir siendo reformada y ampliada por sus sucesores hasta darla por acabada dos siglos después.
[Viajes]
Bautizada por los romanos, cantada por poetas y ambicionada por reyes, esta bonita ciudad andaluza, varias veces milenaria y una vez capital de Al-Andalus, pervive transmitiendo su herencia secular.
Una nutrida historia llena de acontecimientos significativos pone de manifiesto la importancia alcanzada por la Corduva romana, aquella que dio figuras como Séneca, Maimónides o Averroes, y casi desapareció debajo de la árabe.
Con la llegada de los omeyas, alcanzó gran preponderancia sobre todo bajo Abd-al-Rahman III, que ya nació en la Qúrtuba musulmana siendo su gobernante durante más de cincuenta años, primero como emir y después como califa. Murió en su residencia de Madinat al-Zahra a los setenta años.
Conociendo Córdoba
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
Acepté sin dudar la sugerencia de mis amigos de acompañarlos por segunda vez al lugar ensalzado por Góngora, uno de sus hijos más insignes
… ¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
Que privilegia el cielo y dora el día!…
y dejarme llevar por el aroma exhalado desde sus hermosos jardines, el murmullo de las fuentes en los patios, y el espectáculo de briosos caballos que han sustituido las batallas por desfiles y exhibiciones de doma.
Llegamos a la ciudad en plena y calurosa primavera, mucho más cálida de lo habitual. El puente romano, durante veinte siglos el único lazo entre las dos riberas del Guadalquivir nos dio la bienvenida, ofreciéndonos la solidez de sus 16 arcos distribuidos en sus casi 250 metros de longitud.
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
El sol espejeaba en las aguas del rio y calentaba las losas bajo nuestros pies, encaminados a encontrar reposo, como hizo al final de su vida el escritor Antonio Gala, después de dar muchas vueltas por el mundo:
«Cuando la reposada luz entorna los plateados párpados del río.»
Algo de historia
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
Antes, pasamos junto a la conocida como torre de Calahorra, levantada por los omeyas en el extremo sur para protección del puente.
Se la menciona por entorpecer la conquista castellana dirigida por Fernando III el Santo y, algo más de un siglo después, fue reforzada por Enrique II de Castilla, vencedor de la primera guerra civil castellana en la que se enfrentó a su hermanastro Pedro I de Castilla.
De vuelta nos acercamos a La Albolafia, la reconstruida gran noria y los restos del molino, tan fundamental para la historia de los regadíos que desde el siglo XIV figura en el escudo municipal.
Los árabes mejoraron la producción agrícola al implantar nuevas redes de acequias y norias, cuyos cangilones de cerámica recogían y vertían el agua del río en las conducciones que la llevarían hasta los cultivos. Esta en concreto llevaba el agua con que regar los huertos del Alcázar.
Córdoba y sus monumentos
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
Dos de las once estatuas o triunfos del arcángel San Rafael, custodio de la ciudad, comparten espacio con el arco de la Puerta del Puente o Arco de Triunfo, antigua entrada desde el sur.
Uno, a medio camino del puente y el otro en un alto pedestal desde el que parece otear el horizonte en busca de alguna amenaza para sus protegidos.
La impaciencia por visitar los patios nos hizo avanzarnos al horario de apertura; deambulamos unas horas por las estrechas callejuelas, enjalbegadas sus fachadas bajo el colorido de sus flores y entre la forja de sus rejas. Buscando la sombra, por supuesto.
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
Y esa sombra nos la brindó la Judería, en pleno casco histórico. Nos adentramos en ella por la puerta de Almodóvar, en uno de cuyos lados el sol proyectaba la sombra de la estatua de bronce dedicada a Séneca. Esta puerta es una de las tres que se conservan de la época medieval, que se prolonga en parte de la antigua muralla.
De nuevo, Góngora,
“Oh excelso muro, oh torres coronadas
De honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
De arenas nobles, ya que no doradas!
Maimónides y el Alcázar
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
En una recoleta esquina del barrio judío nos encontramos la estatua de Maimónides, que observa a quienes le observan desde la cómoda altura de su peana. Cordobés de nacimiento, a los pocos años él y su familia escaparon del acoso de los almohades, nuevos dueños de la ciudad.
Una vida de cambios lo llevó de Marruecos a Egipto, donde murió. Es probable que durante este tiempo adquiriera los conocimientos que le hicieron convertirse no solo el rabino y teólogo judío más célebre de la Edad Media, sino que también ostentó el cargo de jefe de la comunidad judía de El Cairo y médico personal de Saladino.
Pasamos junto al Alcázar, atraídos por el oasis de frescor de los antiguos huertos regados por el molino de la Albolafia, ahora convertidos en un plácido espacio ajardinado por el que pasean los muchos visitantes para reposar, aislados del ajetreo exterior.
Los restos romanos y visigodos se fusionaron para formar parte del Alcázar califal, cuya huella se palpa sobre todo en esos jardines.
Residencia de los gobernantes omeyas, fue después Alcazaba almohade, para volver a recuperar su nombre de Alcázar con los reyes cristianos, desde que éstos lo adoptaron como residencia en 1236, año de la conquista castellana dirigida por Fernando III el Santo.
Dos siglos después, los Reyes Católicos lo donaron a la Iglesia que lo destinó a sede de la Inquisición; y desde allí planearon la conquista de Granada. Fue cárcel y cuartel hasta mediado el siglo XX cuando el Ayuntamiento se hizo cargo de él.
Los patios andaluces, la Mezquita-catedral y el adiós
Fotografías: © Marisa Ferrer P.
Seguimos esquivando el sol y entramos en los patios multicolores. Los jardines se convierten en macetas, y los estanques en fuentes, pero el remanso de paz seguía ahí.
Los cuidados que requiere mantener esos pequeños (o no tan pequeños) espacios año tras año me dejaron boquiabierta, sobre todo pensando en las esmirriadas macetas de mi balcón.
Dejamos para el último día la visita a la mezquita catedral.
La tercera mayor mezquita del mundo después de la Meca y Casablanca, fue mandada construir por el primer califa omeya de Al-Andalus, Abd-al-Rahman I, en el siglo VIII, para seguir siendo reformada y ampliada por sus sucesores hasta darla por acabada dos siglos después.
Son tales sus dimensiones, que en el siglo XVI permitieron que en su interior se levantara una catedral cristiana, y el minarete devino en campanario. Salimos por el patio de los naranjos, otro oasis de frescor verde y brillante.
A regañadientes, arrastro la maleta hasta la puerta del hotel y mientras espero el transporte que nos llevará a la estación, aprovecho la cercanía de la mezquita-catedral para dar una última vuelta alrededor de su muro exterior, hendido por múltiples puertas, en mejor o peor estado, cada una con su particular característica: del Perdón, de los Deanes, San Sebastián, San Miguel, Espíritu Santo, San Ildefonso, Jerusalén, Sagrario…
Me invade la sensación de que no bastan dos visitas para llegar a conocer esta ciudad; hay que volver, sin falta. Y en eso estamos todos de acuerdo, mientras vemos acercarse nuestro taxi.
Marisa Ferrer P.
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Origen de las imágenes:
Todas las fotografías: © Marisa Ferrer P.
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