Eve Ensler – ‘La disculpa’ – Historia de un abuso

Cómo, partiendo de las heridas abiertas por el abuso sexual, podemos resurgir y sanarnos

[Mujeres Hoy / Cultura – Literatura]

 

En ‘La disculpa’, editado por Ediciones Paidós en 2019, Eve Ensler afirma que lleva gran parte de su vida esperando una disculpa. La traición de su padre, quien abusó de ella física y sexualmente, le provocó un sufrimiento permanente además de un anhelo de que éste, ya fallecido, ajustara cuentas con ella.

Tras años de labor como activista contra la violencia, decidió poner fin a la espera; esa disculpa podía formularla ella misma, por y para ella. Con ‘La disculpa’, escrito desde el punto de vista de su padre y con las palabras que ella deseaba escuchar, Eve Ensler pretende construir un nuevo camino para sí misma y una posible senda para los demás.

Una mirada profundamente transformadora sobre cómo, partiendo de las heridas abiertas por el abuso sexual, podemos resurgir y sanarnos. Un texto revolucionario que exige coraje, honestidad y capacidad de perdón.

 

La autora

Eve Ensler (1953), reside en Nueva York, es dramaturga, ganadora de un Premio Tony, autora, intérprete y activista. Escribió el fenómeno de ventas internacional ‘Monólogos de la vagina’, con el que ganó un Obie, y que ha sido traducido a cuarenta y ocho idiomas e interpretado en más de ciento cuarenta países.

Es autora de una extensa colección de obras de teatro y libros, incluido el éxito de ventas de ‘The New York Times’, ‘Soy una criatura emocional’. Recientemente, ha adaptado sus aclamadas memorias ‘De pronto, mi cuerpo’, en una obra de teatro que ganó el aplauso de la crítica en el American Repertory Theater y el Manhattan Theater Club.

Su obra ‘Monólogos de la vagina’ engendró ‘V-Day’, un movimiento activista global para poner fin a la violencia de género. Mediante las producciones benéficas de sus piezas artísticas, el movimiento ‘V-Day’ ha recaudado más de cien millones de dólares y financiado más de trece mil programas comunitarios antiviolencia y refugios por todo el mundo.

También es fundadora de ‘One Billion Rising’, la campaña de acción masiva de mayor peso a escala global para combatir la violencia contra las mujeres y las niñas.

Eve Ensler es cofundadora, junto con Christine Schuler Deschryver y el ganador del Premio Nobel de la Paz de 2018, el doctor Denis Mukwege, de ‘City of Joy’, un revolucionario centro para mujeres que han sobrevivido a la violencia en la República Democrática del Congo.

La revista ‘Newsweek’ la incluyó en su lista de las ciento cincuenta mujeres que cambiaron el mundo, y el periódico ‘The Guardian’ la ha incluido en su lista de las cien mujeres más influyentes.

 

Extractos de la obra

“No pienso esperar más. Ya hace mucho que mi padre falleció; nunca me dirá lo que quiero oír, no articulará disculpa alguna. Por eso tengo que imaginármela, porque es en la imaginación donde podemos soñar con cruzar horizontes, dotar de profundidad al relato y diseñar resultados alternativos. Esta carta es una invocación, una llamada.

He tratado de dejar que mi padre me hable tal como lo habría hecho en vida y, a pesar de haber escrito las palabras que necesitaba que me dijera, he tenido que dejar cierto espacio para que él se manifestara a través de mí.

Son tantas las cosas sobre él y su pasado que nunca me contó que, en gran parte, también he tenido que conjurarlas. Esta carta es un intento de conferir a mi padre la voluntad y las palabras que lo lleven a cruzar la frontera y a hablar la lengua de la disculpa para poder, al fin, sentirme libre”, pp.9-10.

 

Carta desde la tumba

“Querida Evie: Qué extraño me resulta escribirte. ¿Te estoy escribiendo desde la tumba, desde el pasado, desde el futuro? ¿Escribo como si fuera tú, o como querrías que fuera, o como quien de verdad soy desde mi propia comprensión limitada?

¿Acaso importa? ¿Estoy escribiendo en una lengua que nunca hablé ni entendí, que has creado en el interior de nuestras mentes para salvar distancias y remediar nuestra falta de conexión?

Quizá esté escribiendo tal como soy de verdad, ahora que me has liberado con tu presencia. O puede que no esté escribiendo nada y que sencillamente me estés utilizando como un medio para satisfacer tus propias necesidades y tu versión de la historia.

No recuerdo haberte escrito jamás. Raras veces escribía cartas. Escribir cartas, acudir a alguien, habría sido una señal de debilidad; eran los demás quienes me escribían a mí. Jamás habría permitido que nadie pensara que me importaba lo suficiente como para escribirle una carta.

Hacerlo me habría rebajado, me habría puesto en inferioridad de condiciones. Incluso contarte esto me resulta extraño. No es algo que de ordinario sabría o diría, a menos que hubieses entrado en mi mente.

Pero no lo discutiré, pues se me antoja certero. Tú siempre me escribías cartas. Me parecía peculiar y extrañamente conmovedor. Vivíamos en la misma casa y aun así me escribías, con tu caligrafía de niña pequeña, tratando de formar renglones rectos, pero desviándote por toda la página.

[…] Normalmente, escribías cartas de disculpa. Qué apropiado que ahora quieras una carta de disculpa por mi parte. Siempre te estabas disculpando, suplicando perdón. Te había reducido a un degradante mantra diario de ‘lo siento’”, pp.11—13.

Resentimiento y rencor

“Dejé el mundo de los vivos cargado de resentimiento y rencor. Incluso en mi lecho de muerte, la virulencia de mi ira fue más poderosa que el cáncer que consumía mi cuerpo. Mi rabia era tan perniciosa que era capaz de luchar contra la morfina y el delirio, y darme energía para diseñar y ejecutar mis últimos castigos.

Y tu pobre madre, ¿qué podía hacer? La había amedrentado durante tantos años, atizándola con mis gritos, mi condescendencia y mis amenazas, que para entonces se había convertido en una cómplice apocada y fiel.

Trató de seguirme la corriente, me decía que tal vez no fuera el mejor momento para tomar decisiones tan extremas como aquellas. Lo hizo todo excepto decirme que había perdido la cabeza.

Mis últimos pensamientos y alientos estuvieron teñidos por el deseo de hacer daño, el deseo de crear un sufrimiento que perdurara en el tiempo. Puede que no lo sepas, pero en ese momento final insistí en que te eliminaran de mi testamento. No heredarías nada, ‘¡nada!’, dije con mucha fuerza.[…]”, p.15.

 

El hijo favorito

“[…] La adoración que mi madre sentía por mí parecía distanciarla del objeto de su adoración, como si tocarme fuera a mermarme, como si tratarme como a un ser humano fuera a convertirme en humano.

No recuerdo que jamás me cogiera en brazos o me abrazara. No recuerdo que jugara conmigo, que me persiguiera, corriendo por la hierba verde conmigo. Sí la recuerdo dirigiéndome, corrigiéndome, gestionándome, instruyéndome, modelándome y construyéndome. Dejé de ser el sujeto de mi vida y raramente se me permitía sentir tristeza, llorar o portarme mal”, pp.27-28.

“Mi padre, Hyman, era austriaco, y mi madre, Sarah, alemana. Ambos habían sido criados bajo la más severa de las disciplinas. Eran devotos de las prácticas de un reconocido y muy célebre médico alemán, el doctor Daniel Gottlob Moritz Schreber.

El doctor Schreber creía firmemente que a los bebés había que enseñarles desde el principio a obedecer y que debían abstenerse de llorar […]. La teoría era que, mediante la negación de afecto y la provocación de terror y de humillación, los niños obedecerían a las figuras de autoridad y quedarían disuadidos de actuar por voluntad propia. […]”, p.28.

«[…] El único contacto real que tenía era con mi hermano mayor, Milton, con quien me llevaba once años. Compartí habitación con él durante cierto tiempo.

Era un chico profundamente infeliz y parecía dirigir su frustración y sus celos hacia su entronizado hermano. Me profesaba un enorme desdén y parecía deleitarse con placeres sádicos, inventando constantemente extrañas torturas y horrores; me despertaba poniéndome gotas de alcohol en los ojos, escondía hormigas rojas en mi ropa interior, me convencía de que la forma y el tamaño de mis genitales eran una aberración. […]”, p.31.

 

Naomi Klein dice de ‘La disculpa’: «En este triunfo de la destreza literaria y la empatía, Eve Ensler nos deja con una pregunta transformadora: ¿y si pudiéramos hallar las palabras que más deseamos oír de otro en nosotros mismos? […] este libro no tiene parangón. Serán pocos a los que no cambie».

 

 

Departamento de prensa
Editorial Paidós
pcordon@planeta.es

 

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1 – 19-06-2020