Roxelana, del harén al trono
[Relatos]
Por Marisa Ferrer P.
Las celosías tamizaban la luz rojiza que anunciaba el crepúsculo al otro lado del Bósforo. En la penumbra se recortaba claramente una silueta femenina, inmóvil por completo y en apariencia ajena a todo cuanto pudiera suceder a su alrededor. Era la figura de una mujer madura, que había traspasado o estaba a punto de hacerlo la barrera del medio siglo de edad. Sus ropajes y su porte denunciaban su condición; era una mujer poderosa que presentía su fin aunque ello no la angustiaba en absoluto.
Se sentía decepcionada, hastiada y agotada de la continua lucha que había sido su vida. No se había parado nunca a pensar si aquella energía que la empujaba desde joven era producto de su ambición o de su instinto de supervivencia; si había querido llegar a lo más alto por su sed de poder o por su deseo de venganza; lo que sí había aprendido muy pronto era que todo tiene un precio, acorde con la dificultad de lo que se desea y aunque ella no estaba muy segura de haberlo deseado, había alcanzado una posición de las más altas: era la hürrem sultán, la esposa indiscutible del gran Solimán, el Magnífico.
Había despedido a sus damas y ordenado que nadie la molestara; quería estar a solas, algo que desde hacía mucho, demasiado, le había estado vedado. Quería reflexionar sobre sí misma para tratar de encontrarle sentido a su vida y comprobar si estaba en paz consigo misma, si sus actos la habían conducido a esa quietud final que se supone todos los humanos anhelan al final del camino.
Casi ni recordaba su adolescencia y mucho menos su niñez; el tiempo y las vicisitudes habían borrado la mayor parte de los rastros que hubieran podido quedar en su memoria. Apenas adolescente fue arrancada por la fuerza de su aldea natal en tierras eslavas para ser vendida como esclava, y cuando fue a parar al harén del sultán de Estambul al principio creyó que allí podría llevar una vida más o menos estable a pesar de su condición servil. Pero no, ése era un lujo que nunca pudo permitirse; primero, más de doscientas mujeres competían para alcanzar los favores del que poco después se convertiría en dueño de medio mundo, así que su acogida no fue lo que se dice cordial. Después, fueron otros sus enemigos.
Acostumbrada a la vida dura, se adaptó con rapidez al nuevo ambiente. Las intrigas palaciegas entre concubinas y validos la mantuvieron alerta, con los ojos y los oídos bien abiertos, intentando dilucidar en quién podía confiar y quién sería su enemigo.
No tardó en atraer la atención del sultán y no sólo por un tiempo; le dio cinco hijos antes de que él, rompiendo tradiciones ancestrales, la desposara solemnemente. La ley decía: una concubina, un hijo, y al crecer, éste era destinado a representar al imperio en cualquier lugar de sus extensos territorios y ella debía seguirle. La madre sólo podría volver a la corte en el caso de que su hijo ascendiera al trono y entonces sí recibiría un trato preferente como madre del sultán reinante.
Ése no fue exactamente el papel de Roxelana, quien no solamente no abandonó el palacio de Topkapi cuando nació su primer hijo, sino que siguió viviendo allí toda su vida ante el estupor de propios y extraños.
Desde el día en que Solimán dejó caer su pañuelo sobre ella mientras danzaba en su presencia, todo cambió. Desbancó a la primera favorita del que sería su marido y con ella, al hijo que podría haber sido el heredero en beneficio de su primogénito, utilizando las herramientas que el poder puso a su disposición. Apoyó al sultán, reemplazándolo cuando las circunstancias lo requerían, y no le tembló el pulso ante las situaciones difíciles. Quizá no fuera eso lo que se esperaba de ella, pero no supo o no quiso hacer otra cosa. Había alcanzado la cima, allanado el camino para que su hijo Selim gobernara el destino de la Sublime Puerta, a pesar de sus dudas acerca de que su capacidad le permitiera mantener lo conseguido por su padre. Nunca lo sabría. En ese juego del poder, alguien se lo había arrebatado y lo iba a utilizar para hacerla desaparecer. Empezaba una nueva partida y ella ya no sería uno de los jugadores.
Un leve roce la sacó de su ensimismamiento; volvió la cabeza justo a tiempo de ver una sombra que se le acercaba con el brazo alzado y el destello metálico que un rayo de luna arrancó de su mano.
Todas las fotografías: ©2011 Marisa Ferrer P. «De mi viaje a Turquía»
Imagenes bailarinas:
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